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Volar por los aires

Lunes, 10 de octubre de 2011


El Boeing 737, como si tal cosa, avanza hacia el norte a diez mil metros de altura sobre un mar algodonoso que proporciona al paisaje aéreo un tono irreal y absolutamente  fantástico. Dentro del avión conviven gran variedad de tipos entre el pasaje. Los jóvenes holandeses de la fila anterior se achuchan arrebatados cariñosamente mientras la morenaza del chándal deja al descubierto cuando se lo quita una camiseta de tirantes del campeonato de Europa de culturismo y unos brazos musculados en exceso. Casi al mismo tiempo, cuando pasa la azafata rubia por delante, la mujer negra de enfrente le pide con acento americano una segunda botella de vino chileno. Un poco más adelante el pelopincho rubio de la cuarta fila, cuarentón y amanerado, sigue de pié en el pasillo tomando notas sobre no se sabe qué. Jesús dormita en el asiento de al lado. Me ha estado contando hasta hace nada muchas cosas interesantes del último viaje que han hecho a México (pirámides, ceremonia, civilizaciones, gente) y hablamos también largo y tendido de Granada, de los hijos y de lo chungo que se presenta para ellos el futuro inmediato y el futuro aplazado.

Sé que Amsterdam está lejos, pero compruebo en el mapa de la Holand Herald, la revista de KLM, que Indonesia se sale de los límites. Juego a adivinar lo que nos quedará después, de Amsterdam a Surabaya. Mido lo que supone atravesar el Atlántico para llegar a Nueva York y le añado los kilómetros que hay para cruzar después desde Nueva York a San Francisco. Todo eso, a ojo de buen cubero, vienen a ser unos 9.000 kilómetros. Pues a Indonesia todavía hay más.

De Amsterdam a Kuala Lumpur son doce horas largas de viaje que lo mejor es haberlas pasado. Da tiempo de sobra para que nos den de comer a los 280 pasajeros del Boeing 777, para tragarme sin justificación alguna una penosa comedia americana titulada Arthur, para que Jesús me ilustre contándome mil detalles de los países que sobrevolamos, para dormitar un buen rato sin demasiado éxito, para pensar varias veces en lo que nos espera a partir de mañana, para hacer un sudoku y empezar otro, para dormitar otro poco y para que nos den otra vez de comer a los 280. Después de todo eso y de mucho tiempo más, por fin llegamos a Kuala Lumpur, aunque no consigo ver las torres Petronas por mucho que lo intento. En el aeropuerto, similar a todos y moderno, resaltan los llamativos jardines interiores de frondosa vegetación tropical.

Del tercer y último trayecto hasta Surabaya sobresalen los caprichosos paisajes de nubes que se forman  al atardecer sobre Malasia y la belleza suave de Martina, la encantadora azafata que nos atiende durante el vuelo y a la que despedimos con nostalgia cuando aterrizamos en Surabaya. Cambiamos rupias en el aeropuerto, justo en el pequeño puesto que hay a la izquierda nada más pasar los controles y la aduana (1 € = 11.500 Rp) y contratamos por 84.000 rupias en la caseta que hay frente a la puerta de salida de internacional un taxi azul de Prima que nos lleve al hotel Majapahit. En Surabaya los taxis son de diferentes compañías y habíamos leído que el precio habitual por el desplazamiento hasta el centro era de 35 euros. A nosotros nos ha costado 8 €, estamos encantados.


La primera sorpresa es que aquí se conduce por la izquierda y nadie nos había avisado. La segunda que el tráfico es frenético y te llevas más de un susto. Los 14 kilómetros parecen bastantes más cuando vas con el alma en vilo aunque el taxista es realmente hábil. No se esperaba las 1.000 rupias que le damos de propina (1,30 €) y antes de irse se despide varias veces con las manos juntas y con inclinaciones la cabeza.

El hotel Majapahit nos da la bienvenida a Indonesia. Acertamos de pleno en la elección. Por fuera no llama la atención, pero es un edificio colonial de 1910 con patios espectaculares, habitaciones amplias a modo de suites, muy bien equipadas, maderas nobles y una terraza espléndida ante la puerta de entrada, que da directamente al patio interior (65 Jalan Tunjungan. Tel +62 31 545 4333. http://www.hotel-majapahit.com/). Damos una pequeña vuelta por los alrededores y nos vamos cansados a dormir. Mañana será otro día.

Motos, más motos, bicicletas y un submarino

Miércoles, 13 octubre de 2011

Dormimos como señores. A las cinco nos pone en marcha el teléfono-despertador. Desayuno estupendo a las 6: Sopita de pollo con verduras, frutas, ensalada, zumo de guayaba y café. Muy bien. Nos hemos registrado en la ICOMSc (International Conference on Mathematics and Sciences) y Jesús gasta el último cartucho y quince minutos recitándome el tema para hacer un poco de tiempo porque la ceremonia inaugural no empieza hasta las 9. Hago unas fotos en la sala de conferencias pero decido no quedarme a la charla. Prefiero aprovechar para conocer de cerca el movimiento de la ciudad.


Camino por una calle ancha entre un montón de motocicletas. Cruzar a la otra acera es una auténtica osadía incluso en los pasos de cebra. No queda más remedio que lanzarse a ciegas mirando por el rabillo del ojo. Puro masoquismo. Al final, vas a ver por adelantado que te atropellan y que no tienes nada que hacer. Casi mejor no enterarse. Al final, como siempre, todo sale bien. Hago muchas fotos de motos.
Entro en la oficina de turismo, donde me atienden como a un marqués. Pienso en principio que son muy atentos o quizás me confunden con Robin Williams, como le pasó a la recepcionista del hotel, pero al final me entero de que soy la única persona que ha pasado por la oficina en el día. Por eso y sólo por eso me miman. Poco después, descubro tirado en medio de la calle un submarino auténtico. De ahí me acerco a conocer la estación de ferrocarril (¡vaya manía que tengo con las estaciones!). Por desgracia me tengo que conformar con verla por fuera porque el guardia de la puerta no me permite nada más que asomar la cabeza. Me entretengo un rato en un control policial exclusivo para motocicletas y un poco más observando la proliferación que hay de “talleres” callejeros para estos vehículos tan abundantes en la ciudad. Te arreglan una avería en la cadena, te reparan un pinchazo o te forran el asiento de la moto en un minuto con tal de que te arrimes a la acera. 

El ambiente es un poco contradictorio. Se ve pobreza en la calle, que contrasta con la opulencia que irradian los modernos centros comerciales recién inaugurados y, en la calzada, vehículos de dos ruedas de pequeña cilindrada comparten los atascos con lujosos coches de marca. Después de un rato no le encuentro ningún encanto especial al callejeo. El urbanismo de la ciudad es rutinario y más bien soso salvo escasas excepciones. Bien es verdad que la gente es amable y siempre te atienden con una sonrisa. Además, pienso, no me importa en absoluto porque a mí las fotos me gustan de todo y estoy convencido de que la genialidad de una imagen no tiene nada que ver con el motivo fotografiado. 

Me meto en un centro comercial, moderno, a curiosear sobre los precios que tienen las cosas en esta esquina del mundo (esto me recuerda a Castelao: "Galicia es la mejor esquina del solar hispánico, confín del mundo antiguo y avanzada de Europa en el mar inmenso de la libertad") y compruebo que en tecnología y entretenimiento no hay grandes diferencias. Quizás en hogar, en alimentación y en textil, se nota bastante más. Me paro en la pescadería y veo que el pescado lo venden vivo (también las serpientes), lo eliges, lo sacan del acuario y si quieres te lo echan directamente a la brasa. No distingo los pescados de aquí, no son los mismos, pero el precio oscila entre 15 y 25 céntimos los 100 gramos. A la vuelta, de regreso al hotel, me paro a hablar con el conserje de un edificio con un patio grande lleno de motos. Le pregunto si es un colegio, me dice que sí un poco distante, pero empezamos a hacer buenas migas cuando le digo que soy profesor y que he venido a la Conferencia de Matemáticas y Ciencias. El hielo se rompe definitivamente cuando le digo que vengo de Madrid y me recita de carrerilla la alineación del Real Madrid empezando por Casillas y terminando por Cristiano Ronaldo. ¡Hace más por la paz universal el fútbol que muchos tratados internacionales!
En el hotel, Jesús charla con Melania, una de las responsables de organización de la International Conference on Mathematics and Sciences (ICOMs). Les hago unas fotos de recuerdo y también a Jesús en la sala de conferencias en la que ha presentado la ponencia. Después nos vamos a pasear hasta que anochece. Nos metemos en un centro comercial de lujo, modernísimo y recién inaugurado, Grand Prix. La cena, en Yammie Hotplate, dos platos calientes a base de pollo con noodles, cebolla y verduras con una bebida de té frío, nos cuesta 45.000 rupias (algo menos de 4 euros). De regreso al hotel nos entretenemos en el hall, en el que un cuarteto toca  música variada. Nos tomamos dos cervezas cada uno y nos cuesta cada cerveza más cara que la cena de los dos, 186.340 rupias en total (16 €).

El grave problema del cambio

Jueves, 14 octubre de 2011.


Optamos por no poner despertador con todas las consecuencias y nos levantamos un poco justos de tiempo. Desayunamos con algo de prisa para que Jesús llegue sin apreturas a la Conferencia. Al final le sobra tiempo porque el asunto se ha demorado y comienza media hora más tarde. Escribo algo acerca del viaje y salgo a hacer unas fotos, pero me vuelvo pronto porque hace mucho calor a estas horas centrales del día, un calor húmedo y espeso, que pronto me hace empapar la camiseta y sentirme incómodo.

Jesús termina la ponencia con dos orejas y rabo. Es un artista y se ha convertido por méritos propios en el centro de atracción del congreso. El oro es suyo. Sólo un virtuoso, sólo él, sin ser matemático y con un inglés de andar por casa, es capaz de captar la atención de un auditorio de científicos y mantener boquiabierto, hablando de matemática borrosa, a todo un ramillete selecto de especialistas.

Terminada la bien ganada vuelta al ruedo, decidimos ir a un banco que hay al lado del  hotel a cambiar euros, algo rutinario y aparentemente intrascendente que se va a convertir en la aventura del día. En el banco, un banco local de nombre desconocido para nosotros, la chica que nos atiende se ríe como si no supiésemos bien lo que estábamos pidiendo, llama a un superior, que dice en primera estancia que lo van a solucionar, pero luego recula para remitirnos al Rabobank, que está justo enfrente.

Y ese es uno de los inconvenientes, que el Rabobank, está frente al hotel, es decir, en la otra acera, por lo que resulta inevitable tener que cruzar la calle. Esperamos un rato a que claree un poco el nubarrón de motos y coches pero el tiempo pasa y no se aprecia ninguna mejoría. Jalan Tunjungan, nuestra calle, es una arteria importante que recorre de sur a norte el plano de la ciudad camino del mar. Surabaya es una ciudad de cerca de tres millones de habitantes, que escasea de edificaciones en altura, por lo que se plantea desparramada y extensa. En lógica consecuencia, el personal está obligado a realizar largos desplazamientos y, para más inri, no hay transporte público en la ciudad, ni autobuses urbanos, ni metro. Yendo cada uno en su coche o en su moto es fácil entender que el trasiego de vehículos sea continuo. Pasado un cierto tiempo desde que salimos del banco, tiempo en el que todo nuestro avance había sido poner los pies en la calzada, pero sin movernos un solo paso dentro de la misma, se acerca con paso resuelto, con un silbato en la boca y un bastón luminoso en la mano derecha, el guardia de seguridad del banco, que ha estado observándonos y decide lanzarse a la calle a detener el tráfico, para que pudiéramos de alguna forma llegar a conquistar la acera opuesta. Supongo que nos vio totalmente incapaces. Se lo agradecemos. Si no fuera por él lo teníamos realmente complicado. Salvados.


Ascendemos las escaleras del famoso banco y al entrar nos encontramos con una preciosa oficina de 
hace 40 años en España: compartimentos diferenciados por secciones para el personal, separados por muros de madera noble a media altura y mucho espacio. Nos atiende una chica que nos pasa directamente a otra que, a su vez, desaparece de nuestra vista en cuanto le decimos lo que queremos y viene una tercera que se defiende mejor en inglés, para decirnos que para cambiar es preferible que vayamos al BCA que hay un poco más abajo y enfrente. Esta vez, en cuanto el segurata nos ve descender por las escaleras, se lanza a la calle silbato en boca a detener cabreado y con aspavientos el tráfico. Nos sentimos un tanto ofuscados y nos deshacemos en sonrisas al cruzarnos con él en mitad de la calzada.

La cara que pone la chica del BCA cuando le decimos que queremos cambiar dinero es de película. Primero nos dice que la operación de cambio es conveniente hacerla en el Swadesi Bank, pero al cabo de un rato parece que se quiere convencer a sí misma cuando afirma con rotundidad que lo mejor es ir a un Travel Agent que hay un poco más arriba llamado Pasopati. Al salir del banco y comprobar que tanto el Swadesi Bank como el Pasopati están en la otra acera nos entra una vergüenza horrible de pensar en el guardia de seguridad jugándose de nuevo la vida en medio de la calzada, que decidimos por la vía rápida que tampoco nos urge para nada el cambio y que ya compraremos rupias en cualquier momento y en cualquier lugar.

Al llegar al hotel pasamos por recepción para decirle a nuestra amiga Ludia que no nos funciona el teléfono de la habitación. Mientras hablamos vemos en una columna un cartel con las equivalencias del cambio de moneda (1 euro=11.460 rupias). Noto que a Jesús se le atraganta el inglés y yo me sorprendo rezando con fe para que la chica conteste que no, cuando le pregunta si podemos cambiar dinero. Con la respuesta nos entran a los dos y al mismo tiempo ganas de meternos debajo del mostrador: “Por supuesto, ¿cuánto necesitan?”


En la oficina de turismo me habían dicho que el City Sightseeing Bus era gratuito. Decidimos que no era mala idea acercarse a hacer el circuito para conocer algo más de la ciudad. Cogemos un taxi a la puerta del hotel. El conserje le dice a dónde vamos y le pregunta cuánto nos va a cobrar. Lo que marque el taxímetro. Es de los legales. Llegamos a la calle Taman Sampoderna, 6 a las 14:00. En principio pensamos que se había equivocado el taxista pero luego ya aclaramos que aunque es la House of Sampoerna, un museo del que nos habían hablado, el autobús panorámico sale también de allí mismo.

Como la salida es a las 15:00 horas aprovechamos para echar una ojeada al museo y al subir a la primera planta nos quedamos alucinados. Cerca de 4.000 chicas hacen cigarrillos a toda pastilla en una gran nave. Nos comenta la guía el mínimo diario que tienen que hacer y es escalofriante. Una selección con las mejores operarias (unas hacen cigarrillos, otras ponen la boquilla, otras preparan cajetillas, otras empaquetan, etc.) está produciendo en la misma primera planta en una urna de cristal (les ponen altavoces con rock rápido y el volumen a toda pastilla para que no atiendan a otra cosa) y la verdad es que se te ponen los pelos de punta viéndolas trabajar al ritmo que lo hacen para sacar 325 paquetes de cigarrillos a la hora.

Con los ojos como cuadros y 30 jóvenes de secundaria alrededor, nos metemos en el autocar. Nos da toda clase de explicaciones durante el trayecto Ina, una preciosa estudiante de literatura de 19 años, con la que hacemos buenas migas.

Al terminar decidimos coger un becak, una bicicleta con un carrito para dos personas, que por 30.000 rupias (menos de 3€) nos lleva al puerto. Resulta muy adecuado porque la velocidad permite hacer fotos cómodamente, nos mete por callejuelas en las que habitualmente no entras y además la gente te percibe como más cercano. El personal suele ser amable, atento, complaciente y con ganas de agradar. Por regla general, no sólo no ponen reparos, sino que les resulta halagador que les fotografíes. En el puerto se nos pega un paisano un poco plasta, cuyo gran objetivo es que le compremos un paquete de Marlboro. La gente se hacina en las inmediaciones de la entrada al terminal, esperando el barco de regreso a Madura, en la otra isla al norte de Java. Echamos una breve ojeada por la zona y decidimos iniciar el regreso. Se ve al personal cansado y con ganas de llegar a sus casas. No es cosa de molestar. Apalabramos con un taxista por 4 euros y pico, 50.000 rupias (en principio nos pedía 100.000) la vuelta al hotel. Cenamos en Matahari en un sitio que se llama Mister Baso: Dos platos calientes con dos tés 53.500 rupias (5€)

Un viaje en tren para no olvidar


Viernes, 14 de octubre 2011

El día amanece con la respiración contenida. Algunas nubes en el cielo y el pulso desacompasado indican cambios, novedades. Tengo sensación de movimiento. Al leer la prensa nos enteramos del terremoto en Bali. Nos tememos que en España se van a preocupar más que nosotros.

Nos sentimos acelerados sin ganas. En contra de lo recomendable y de la misma esencia de las vacaciones, durante éstas se anda un poco atolondrado. Hay que ser conscientes de ello. Los programas son apretados y muchas las cosas a conocer, pero saber frenar resulta imprescindible. Hay que mantener un equilibrio razonable para disfrutar intensamente de las salidas y no morir en el del intento.

Hoy toca cambio. Nos vamos a Yogyakarta (Yogya dicen aquí) Nos levantamos a las 6 para estar en la estación a las 8 y coger un tren que arranca a las 9.Nos despedimos con pena de Ludia y del resto del personal del hotel y cogemos un taxi par air a la estación. En el camino hacemos un resumen de nuestro paso por Surabaya y le ponemos una nota alta. La excelente ponencia de Jesús, el carácter abierto de los indonesios y nuestro ánimo obtienen las mejores puntuaciones. Nos acordamos mucho de Alfredo y nos apena que no haya podido disfrutar en directo del éxito y de la gran acogida que ha tenido en la ICOMs gracias a su modelo y a la matemática fuzzy.

La estación es un hervidero de actividad. Al pedir los billetes a Yogya, la taquillera responde de inmediato que no puede ser, que no hay executive hasta las 13 horas. Cuando  se entera de que queremos viajar en economy class dice que no de palabra y frunce el ceño, cómo preguntándose si seremos conscientes del error que vamos a cometer. Insistimos y la chica renuncia a convencernos con un gesto de resignación. Los billetes nos cuestan 26.000 rupias a cada uno (2,2 euros), frente a los 90.000 que nos costarían como mínimo en executive class.

No nos dejan pasar a los andenes. No está permitido el acceso con tanta anticipación. Mientras Jesús se sienta con los equipajes a esperar yo me doy una vuelta por los alrededores. Cientos de becaks (bici-taxis) se apilan en la puerta del recinto. Muchos de los conductores duermen esperando clientes. Me enrollo con algunos. Nadie habla ni una palabra de inglés pero la universalidad del lenguaje gestual nos permite conversar de muchas cosas. Todos aceptan de buen grado cuando les digo que quiero hacer unas fotos. Me siento a gusto.

Me doy cuenta de que uno se va acostumbrando cada vez más a la diversidad, con todo lo que de positivo y de negativo ello entraña. De una parte resulta interesante, puesto que te permite ahondar y acercarte con más naturalidad a gente do otras culturas y a formas distintas de plantearse las cosas. De otra (y casi pensando exclusivamente en la fotografía), esta proximidad entraña inevitablemente familiaridad y, de alguna manera, hace que no andes con los ojos tan atentos. Sin querer, el entorno va dejando de ser algo extraño, no tuyo, te sorprende cada vez menos y, en consecuencia, te pasan más desapercibidas algunas imágenes.

Una vez dentro de la estación, un hombre maduro y con un más que aceptable acento inglés intenta convencernos de nuevo para que cambiemos los billetes. Incluso nos habla de las ventajas de hacer el trayecto en taxi si no queremos esperar. La economic class no es recomendable en ningún sentido, mucha gente, servicios en malas condiciones, robos y demasiadas paradas, son razones suficientes para no intentarlo. Cuando comprueba que no estamos por la labor, su gesto deja ver que nos abandona a nuestra  suerte. Una mujer de Yogyakarta, sentada todo el tiempo al lado de Jesús,  a la vista de lo sucedido, toma el relevo para tratar, también  inútilmente, de disuadirnos para que no hagamos locuras.


El tren es indonesio, no alemán. Sale con una hora de retraso sobre el horario previsto. Entramos en el vagón 6 y nos sentamos en los, asientos 13D y 13E (¿presagio de mala suerte?), que tenemos asignados. El tren va bastante saturado, los asientos son corridos, forrados de un plástico azul grisáceo, con lo que, por suerte,  no se evidencia en demasía la enorme cantidad de mierda que acumulan. Los cristales, muy sucios, prácticamente imposibilitan la toma de imágenes fotográficas. No hay maletas, todo se transporta en cajas de cartón o en bolsas de plástico y está todo permitido. Hay gente que lleva gallinas como equipaje de mano. Hay permisividad. Se `puede cantar, se puede comer y beber, se puede fumar. Todo, absolutamente todo menos lo que se tira directamente al suelo, va a parar a las vías, restos de comida, envoltorios de diverso material, botellas de plástico, latas de refrescos, cajas, paquetes de tabaco, periódicos.

Empieza a pasar gente ofreciéndote de todo. Es una especie de venta personal a domicilio, con test y prueba de calidad del artículo. El vendedor deja el objeto en tu regazo y se marcha. Poco después pasará a recogerlo si no te quieres quedar con él. Entre estación y estación pasa gente lisiada (ciegos que rezan o recitan, entre otros) pidiendo limosna o conjuntos musicales de chavales, con cuerda y percusión (una guitarra española y una mini batería casera hecha a base de tubos de PVC de distinto diámetro).

Es complicado por extenso hacer el inventario de artículos que se ofrecen. En alimentación, prácticamente todos: desde platos combinados envueltos en hojas de cocotero, en papel de estraza o de periódico, hasta sopas instantáneas al gusto, pasando por dulces tradicionales, pastas o raciones de fruta fresca. En bebidas el abanico se acerca al infinito a pesar de no haber en cirrculación ninguna clase de bebidas alcohólicas. Otro tipo de artículos variados objeto de merchandising que pasan ante nuestros ojos son utensilios de cocina, prendas de vestir, cortadoras de pelo, juguetes, telas, batik o pájaros. También ofrecen servicios variados in itinere, como masajes o peluquería. Una de las iniciativas emprendedores que más nos llama la atención corre a cargo d eun chaval de 12 o 13 años que, sabiendo que la porquería se va acumulando en el suelo del vagón, pasa con una escoba recogiéndola. Cuando libera tu zona de la basura, te pasa el bote para que le retribuyas el esfuerzo con una propina.

El tren economy class a Yogyakarta resulta un auténtico espectáculo, colorista, popular y entretenido, algo digno de vivirse. La gente nos atiende con amabilidad, nos invitan a compartir cosas y quieren saber qué nos interesa y en qué pueden ayudarnos. Estamos encantados de que no nos hayan convencido para cambiar los billetes. Es un viaje de los que hacen abrir los ojos. Durante el trayecto se han sentado con nosotros un estudiante adolescente, bien vestido y educado, un tío desaliñado capaz de fumarse un paquete de cigarrillos por hora, el padre de unas chicas simpatiquísimas que se partían de risa con las ocurrencias de Jesús, una chica muy gorda que portaba orgullosa una cajita de cartón con un canario, un apuesto policía joven con ganas de practicar inglés y un hombre sonriente que había trabajado seis años en Corea y que hablaba bien seis idiomas y un poquito de español. Una característica en común es que todos, en varios momentos, utilizaron el móvil para hablar, para enviar mensajes o para las dos cosas.

El tren hace muchas paradas. Al final los 300 kilómetros casi tardamos en hacerlos ocho horas. Tendríamos que haber llegado a las 15:27 pero llegamos dos horas más tarde. El policía del tren se acerca a despedirse de nosotros para comprobar que no tenemos ningún problema. Negocio con un taxista el trayecto hasta el hotel. Me pide 100.000, le ofrezco 40.000 y, al final cierro el trato por 50.000 rupias (4 euros y pico).

El hotelito (16 habitaciones) está situado en un callejón estrechito, muy cerca de la calle principal (Malioboro) que desemboca en el palacio real. Se llama 1001 Malam Hotel (Sosrowiajan Wetan GtI/57. info@1001malamhotel.com. Tel +62274515087). Frente a él hay un restaurante con una ikurriña en la fachada, que se llama Mi casa es tu casa. Presume en la carta de platos a base de serpiente pitón y de cobra. Nos encontramos con una pareja de españoles (Vanesa y Oscar). Pamplonicas y muy majos, mientras tomamos una cerveza en la terraza del hotel, nos dan toda clase de explicaciones acerca de lo que conviene ver y de aquello en lo que no debemos de perder mucho tiempo. También comentan las dificultades que han tenido y los precios que han pagado por cada cosa. Se lo agradecemos porque hace que ganemos mucho tiempo. Nos acompañan directamente a la agencia con la que han ido hoy a Borobudur (Bio Oshy. Sosrowijayan, 18 Tel. 0274-7827788 geappenk@yahoo.com). Contratamos para mañana un coche con conductor para hacer el viaje al volcán Merapi, a Prambanan, a Ratu Boco y al espectáculo del Ramayana ballet. Nos cobra 350.000 rupias, unos 30 euros. También contratamos para pasado mañana (día 16) el viaje a Dieng plateau y Borobudur. En este caso nos cobran 400.000 rupias, que vienen a ser unos 33 euros.

Después nos vamos a dar un paseo nocturno por la calle principal y nos sentamos en el suelo de un chiringuito callejero a tomar unos platos de arroz con un muslito de pollo a la brasa y un té. Nos quieren engañar con la cuenta, metiéndonos una ensalada que no hemos tomado y una bebida de más. Hacen que no nos entienden, pero le corrijo la factura y le pago exactamente lo que pone en  la carta (48.000 rupias en total frente a las 59.000 que nos querían cobrar). Es conveniente repasar siempre la cuenta y el cambio. A menudo hay fallos. Ya en cuatro ocasiones nos ha pasado que o bien estaba mal la suma, o habían incluido algo que no habíamos tomado, o en la vuelta nos daban un billete de 1.000 por uno de 10.000 rupias.

A las 12 durmiendo. Mañana nos levantamos a las 5:30 h.



De Java a Bali


Martes 18 de octubre de 2011

El chaval del hotel no nos despierta a las 4:45, como habíamos acordado. Lo hace a las 5 y media, cuando ya el taxi está en la puerta. A una velocidad insana terminamos de preparar los bártulos, desayunamos y nos lanzamos a la calle camino del aeropuerto. A esa hora ya hay mucha actividad tempranera en la calle, pero se circula con rapidez. El hotel 1001 Malam ha respondido a las expectativas que nos habíamos hecho. Está en una discreta segunda línea, no en pleno mogollón pero sí rozándolo. Es un hotel sin grandes pretensiones, decorado con acierto y con bastante gusto. Por otra parte, está muy bien de precio. Las cuatro noches nos cuestan a los dos 1.530.000 rupias, que suponen unos 125 euros. Hay que señalar que es más caro el fin de semana (405.000 rupias frente a 360.000 los otros días). Por cuatro cervezas a mayores, que tomamos el día que vinieron Vanesa y Oscar, nos cobran otros 80.000, es decir, 7 euros). No hay nada especialmente reseñable que lo haga sobresaliente. A destacar, el patio, pequeño pero con una vegetación frondosa y llamativa, la mesa y las dos sillas que hay frente a la puerta de cada habitación dando al patio, las maderas tropicales del mobiliario, el armario de bambú y las pinturas de salamandras gigantescas que adornan las habitaciones y una vespa amarilla en el hall de entrada. El personal es atento sin más.

Nos vamos. Abandonamos Java para irnos a Bali. Las inevitables previsiones que hay que tomar en estos casos hacen que lleguemos muy sobrados de tiempo al aeropuerto de Adisutjipto. Cuando terminamos de facturar son las 6:10 y hasta las 8:00 no sale el vuelo GA250 que nos llevará a Bali. Tenemos que pagar unas tasas para vuelos internos (35.000 rupias = 3 euros), lo que nos da permiso para acceder a otra sala, que ya no está tan masificada, aunque sí llena. Aprovechamos el margen que nos permite la espera para hacer balance de Yogyacarta, escribir un poco y hacer unas fotos de ambiente. Al final y con unos minutos de retraso sobre la hora prevista sale el vuelo. Durante el trayecto, Jesús habla largo y tendido con un chaval joven que va a su lado y que resulta ser un jesuita católico (hay un 5% de católicos en Indonesia). El vuelo es corto, el menú escaso, las azafatas secas.

Al llegar al aeropuerto de Ngurah Rai, en Denpasar, son las 10:20 tras adelantar una hora el reloj. Denpasar es la capital de Bali y tiene alrededor de medio millón de habitantes frente a algo más de 3,5 millones que tiene la isla. Tanteamos un par de taxis y aceptamos como último precio y sin regatear demasiado 110.000 rupias (cerca de 10 euros) por llevarnos al hotel, a unos 17 kilómetros. Durante el recorrido tenemos un primer contacto con Bali, con su arquitectura, con su geografía y con su ambiente. Es muy distinto a Java. Nos llama mucho la atención esa especie de puerta partida en dos que hay, a modo de acceso, en muchos edificios. También el que no se vean mezquitas por ningún lado, porque en Java había por todas partes. Vemos templos. Templos y templos. Es verdad que a Bali se le conoce como la isla de los mil templos, pero si siguen apareciendo a estas velocidades es fácil que tengamos que modificar la denominación para llamarle la isla de los cien mil templos. Se nota muy diferente a lo que hemos visto, incluso la gente es distinta, la raza es otra. También da la sensación de que es mucho más turístico. En el aeropuerto se apreciaba una cantidad importante de gente blanca. Tiene un aspecto más vacacional, más de disfrute. Playita, música y cerveza. Muchos australianos y norteamericanos.

El hotel responde perfectamente a esos parámetros de relax vacacional (Es el Bumi Ayu Bungalows, en Jalan Bumi Ayu, Sanur. www.bumiayuhotel.com). Los bungalows están emplazados en medio de un auténtico vergel. También disponen de un porche frente a la entrada (con una mesa y dos sillas) y mosquiteras en las camas. De entrada, una vez aposentados, decidimos refrescarnos pegándonos un baño en la piscina. Todo muy sugestivo, el ambiente, la calma, el enclave, la vegetación, pero falla algo importante: no resulta nada refrescante. Le propongo a Jesús irnos a bañar al mar, conocer las playa. Estamos a un paso, cinco minutos andando. La palabra que nos viene a la cabeza al observar el panorama que se nos presenta ante los ojos es: paradisíaco. Una playa extensa, una cantidad precisa de gente, sin agobios, barcas con colores vivos, palmeras, vegetación tropical, azul marino y azul cielo fundiéndose armoniosamente en el horizonte, cometas, hamacas y zumos. Completan el panorama una especie de palafitos, diseñados para complementar el disfrute del mar, auténtico protagonista en esta zona (no hay que olvidar que aquí el descanso final para las cenizas de los difuntos es el mar). Un auténtico lujo visual.



Caminamos un poco para terminar de absorber las nuevas sensaciones y después nos lanzamos a probar el sabor de las aguas del océano Índico. Mi primera “decepción” (si se le puede llamar así) viene a través de la temperatura, el agua está caldosa, no resulta refrescante. Prefiero “chocar” con el agua, que el contacto suponga una reacción, un revulsivo, que térmicamente no resulte indiferente estar o no dentro. Claramente me resulta más placentera y más emocionante la sensación que experimento al bañarme en Galicia.

A partir de ahí, de manera casi automática, la imagen bucólica de la foto balinesa empieza a perder fuerza, la acuarela empieza a aguarse. Hay que alejarse mucho para poder nadar, es demasiado trecho el que caminar pisando un fondo incómodo, con altibajos y mezcla de arena y roca. Puede ser el lugar ideal para un kitesurfista o para quien venga a tomarse una cerveza en una tumbona, pero no para el que busca disfrutar del agua dándose un baño. Al salir comprobamos preocupados que los hoteles han invadido casi toda la primera línea de playa, con lo que los accesos a la misma son escasos y complicados. Muchas veces no hay más remedio que cruzar a través de las instalaciones de los hoteles para llegar. El encanto empieza a parecernos más aparente que real, se desdibuja cuando pretendes palparlo de cerca y tocarlo. De la imagen paradisíaca pesa en este caso más la imagen que el paraíso. Ciertamente estamos en Sanur, al este de Denpasar, que es la primera zona que se ha comercializado en Bali para el turismo. Las playas del oeste (Kuta, Jimbaran, Legian) tienen mucho más atractivo.



Regresamos, nos acicalamos y salimos a cenar. Por la calle te asedian los nativos ofreciéndote de todo, fundamentalmente transporte para visitar la isla. Uno de ellos nos ofrece chicas. Nos hace gracia el depurado marketing que utiliza para vender. Dice despacio la palabra Coca-cola mientras pone morritos, entorna los ojos y con las dos manos hace que perfila el cuerpo de una mujer (o el envase de una Coca cola). Después de un pequeño tanteo en busca de una cena apetecible por la calle principal, decidimos entrar en el Rasa Senang, un restaurante de cocina indonesia en la calle Ngurah Rai. Jesús pide un Sate Campur (que al parecer tomaba cuando sus hijas eran pequeñas en un indonesio en Madrid), y yo un Ayam Panggang Kecap. Con otro Nasiputih (plato de arroz), una cerveza, una coca cola y un 10% de tasas, la cuenta asciende a 184.300 rupias (15 euros). Al terminar nos vamos paseando hasta un centro comercial que hay cerca (Hardy´s). Ojeamos los precios de diferentes artículos para tener una referencia y compramos 3 botellas grandes de agua a 17.820 (1,5 €) cada una y un racimo de plátanos pequeños, que cuestan 9.348 rupias (80 céntimos).

Una de las cosas llamativas de Bali son los árboles de flores. Nosotros no estamos acostumbrados a ver grandes árboles con vistosas flores de colores, no es frecuente. En Bali, sí. Los balineses utilizan para muchas cosas las abundantes flores de las que disponen. Las vemos en las ofrendas que realizan diariamente a los dioses, en la decoración de las mesas y de las instalaciones de las casas y de los hoteles, en los templos, en los altares. Es muy habitual encontrar en la recepción de un hotel o en la entrada a una casa un gran recipiente con agua en cuya superficie flotan flores. También suelen verse adornando el peinado de las mujeres y embelleciendo las orejas tanto de las hembras como de los hombres.

Nos vamos a descansar. En el trayecto charlamos sobre las grandes diferencias que se perciben entre las dos islas, diferencias culturales, religiosas, étnicas, de hábitos, de vestimentas. Como en Java, la gente aquí también es atenta, amigable y se percibe un clima de seguridad, un ambiente tranquilo. Huele a flores, a naturaleza, a exuberancia y se respira algo parecido a espiritualidad en el ambiente, aunque no es fácil de concretar y menos de explicar. Hay muchos más extranjeros que en Java, fundamentalmente australianos y norteamericanos, aunque también europeos (alemanes e ingleses, algún francés, casi ningún español).

Por la noche, mientras yo trato de conectarme a internet, Jesús planifica las visitas para los días que nos quedan: la isla es famosa por sus templos, por sus paisajes y por sus volcanes. Hay que verlo. El norte es montañoso y es a dónde hay que dirigirse para ver los lagos de origen volcánico, las terrazas con los cultivos de arroz o los impresionantes templos. La ventaja es que, aunque estamos en el sur, la isla de sur a norte mide 90 kilómetros, lo que nos va a permitir desplazarnos hacia los sitios de interés y regresar sin problemas a dormir al hotel.



Besakih, Kintamani, Ulun Danu Batur, Tegallalang

Miércoles, 19 de octubre de 2011.



El día se despereza risueño. Amanece. Con las primeras luces del día afloran tímidos trinos de pájaros que muy pronto se redoblan y crecen. En Bumi Ayu Bungalows el plato fuerte del desayuno es la fruta. Zumo de papaya, plato de sandía y té con dos tostadas. Coincidimos en el comedor a primera hora con otras personas de edades y procedencias diversas. Fundamentalmente son australianos y norteamericanos, aunque también hay una pareja de alemanes y algún francés. Independientemente de sus edades, sexos, nacionalidades o religiones, todos comparten obesidad. Es verdad que las estadísticas no pueden ser fiables si no están amparadas por la ley de los grandes números pero, aunque no tenga carácter científico, la conclusión inevitable es que el mundo desarrollado está sobrealimentado.

Nos movemos con ganas y con algo de inquietud, Bali nos espera. Arrancamos hacia el norte de la isla, camino del templo de Besakit, situado en las laderas del monte Agung, el más alto de Bali (3142 m). Hemos apalabrado esta ruta (que llamamos "del este") con Nyoman Surata en 300.000 rupias (25 euros). Sin forzar demasiado la máquina hemos rebajado un 25% el presupuesto inicial, que era de 400.000 rupias. En la ascensión, paramos un momento en Bukit Jambull para fotografiar las plantaciones de arroz que, sin lugar a dudas, se lo merecen. Por aparcar el coche para hacer las fotos nos cobran 2.000 rupias (15 cts.). Mientras disparamos las cámaras nos asaltan varias vendedoras para colocarnos un sarong, una especie de pareo que, al final y a pesar de su insistencia, no compramos.

Cuando retomamos la marcha nuestros comentarios se centran en la potencia que exhibe la naturaleza. Sobresaliente alto. Al llegar a la explanada en la que hay que dejar los coches tenemos que aflojar la pasta otra vez por aparcar. En este caso 5.000 rupias (40 cts.). La entrada para visitar el templo (Pura Besakih), nos cuesta otras 15.000 rupias por barba (1,2 €). Desde la distancia observo que Jesús se enzarza con el tipo que está en la entrada. Me acerco. El listillo del mostrador quiere que le paguemos por narices otras 20.000 rupias por un guía que no pedimos ni queremos. Nos negamos. Le decimos que preferimos ver el templo a nuestro aire pero el tipo insiste. Al final, nos tenemos que poner farrucos y le exigimos, ya muy seriamente, que nos devuelva las entradas. Viendo que la cosa se pone un tanto chunga opta por desistir y asume que no va a conseguir el extra que pretendía. Nos devuelve de malos modos las entradas. El acceso al templo está en una cuesta pronunciada. De inmediato se acerca una nube de moto-taxis, que rechazamos, para subirnos. Mientras andamos hacia lo alto, se nos pega un guía que se ofrece por el 10% de lo que nos quería cobrar el espabilado de la puerta y que, además, resulta ser muy bueno.

El templo de Besakih, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es en realidad un complejo conformado por 22 templos. También es conocido por el nombre de Templo Madre, por entender la gente que es en éste en el que se alojan los dioses cuando descienden a la tierra, lo que le convierte en el más importante de la isla. Los templos menores, que rodean al principal, pertenecen a familias. Se puede calcular fácilmente el linaje de éstas en función del número de alturas. Cuantos más pisos tenga el templo, más poderoso es el clan. Desde la altura se divisa un amplio panorama del valle con vistas espectaculares. La ubicación del templo es privilegiada, envidiable. 

Al terminar la visita, después de un par de horas de disfrute, enfilamos rumbo hacia el volcán Batur. Surata se detiene en un punto estratégico de Kintamani para que disfrutemos de la panorámica que se presenta ante nuestros ojos. Una posición de lujo que nos permite la visión conjunta de los dos grandes colosos de Bali, Gunung Batur y Gunung Agung y del lago Danau Batur, un paisaje de ensueño que nos deja un tanto impresionados. Paramos cerca de allí a comer en un restaurante con una preciosa vista panorámica del volcán y el entorno. Disfrutamos del paisaje desde la terraza y comemos opíparamente. La gente nos interrumpe con frecuencia para hacerse una foto en el mirador con el incomparable Gunung Batur al fondo. El buffet cuesta 70.000 rupias por cabeza a las que hay que añadir 28.000 de las bebidas. En total pagamos entre los dos 14 € (168.000 rupias).

Desde allí nos acercamos a otro templo cercano, el de Ulun Danu Batur. En éste nos cobran 20.000 rupias. Nada más entrar nos dicen que, además del sarong que llevamos, es necesario ponerse un cinturón y una diadema (otras 10.000 rupias). El templo protege de los malos espíritus y está dedicado a Dewi Ida Betawi, que es la diosa que abastece de agua a la zona. Comprobamos en el interior la religiosidad de los locales, que portan y distribuyen ofrendas por todos los altares, mientras oran y se purifican con agua bendita.

Al retomar la carretera nos sorprende un continuo peregrinaje de mujeres que circulan en nuestra misma dirección con bandejas de ofrendas en la cabeza. Un poco más adelante aparece ante nuestros ojos una enorme concentración de personas sentadas en la carretera y una gran cantidad de ofrendas depositadas allí mismo. Surata nos explica que es una ceremonia colectiva para tratar de calmar la ira de los dioses y pedir que no les castiguen con más terremotos como los de estos días. Por lo que a nosotros respecta, va desapareciendo la preocupación por el tema, nos vamos acostumbrando cuando comprobamos que la tierra no tiembla y que hay un clima de tranquilidad total. Es verdad que estas desgracias aparecen de repente, no avisan. Es curioso cómo nos aclimatamos. Hace tan sólo una semana los turistas estaban escapando despavoridos de la isla y ahora, al menos nosotros, estamos totalmente relajados.

La carretera nos conduce a Tegallalang, un sitio mundialmente conocido por las impactantes imágenes publicadas de las terrazas de arroz. Es alucinante comprobar cómo se las ingenia la gente para sacarle el jugo a la tierra en la que vive, por duro que ésta se lo ponga. Un terreno montañoso como éste es sin duda poco apropiado para los cultivos, debido a los acusados desniveles que dificultan sobremanera cualquier tarea agrícola que se pretenda realizar. Sin embargo, los nativos no regatean esfuerzos y agudizan el ingenio para conseguir que de allí salgan contra pronóstico unas excelentes cosechas de arroz. Realmente la visión que se presenta ante nuestros ojos es llamativa, aunque por desgracia no llegamos en el momento en que las terrazas están llenas de agua, lo que resta al paisaje unas décimas de espectacularidad.