Mostrando entradas con la etiqueta Yogyakarta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Yogyakarta. Mostrar todas las entradas

Un viaje en tren para no olvidar


Viernes, 14 de octubre 2011

El día amanece con la respiración contenida. Algunas nubes en el cielo y el pulso desacompasado indican cambios, novedades. Tengo sensación de movimiento. Al leer la prensa nos enteramos del terremoto en Bali. Nos tememos que en España se van a preocupar más que nosotros.

Nos sentimos acelerados sin ganas. En contra de lo recomendable y de la misma esencia de las vacaciones, durante éstas se anda un poco atolondrado. Hay que ser conscientes de ello. Los programas son apretados y muchas las cosas a conocer, pero saber frenar resulta imprescindible. Hay que mantener un equilibrio razonable para disfrutar intensamente de las salidas y no morir en el del intento.

Hoy toca cambio. Nos vamos a Yogyakarta (Yogya dicen aquí) Nos levantamos a las 6 para estar en la estación a las 8 y coger un tren que arranca a las 9.Nos despedimos con pena de Ludia y del resto del personal del hotel y cogemos un taxi par air a la estación. En el camino hacemos un resumen de nuestro paso por Surabaya y le ponemos una nota alta. La excelente ponencia de Jesús, el carácter abierto de los indonesios y nuestro ánimo obtienen las mejores puntuaciones. Nos acordamos mucho de Alfredo y nos apena que no haya podido disfrutar en directo del éxito y de la gran acogida que ha tenido en la ICOMs gracias a su modelo y a la matemática fuzzy.

La estación es un hervidero de actividad. Al pedir los billetes a Yogya, la taquillera responde de inmediato que no puede ser, que no hay executive hasta las 13 horas. Cuando  se entera de que queremos viajar en economy class dice que no de palabra y frunce el ceño, cómo preguntándose si seremos conscientes del error que vamos a cometer. Insistimos y la chica renuncia a convencernos con un gesto de resignación. Los billetes nos cuestan 26.000 rupias a cada uno (2,2 euros), frente a los 90.000 que nos costarían como mínimo en executive class.

No nos dejan pasar a los andenes. No está permitido el acceso con tanta anticipación. Mientras Jesús se sienta con los equipajes a esperar yo me doy una vuelta por los alrededores. Cientos de becaks (bici-taxis) se apilan en la puerta del recinto. Muchos de los conductores duermen esperando clientes. Me enrollo con algunos. Nadie habla ni una palabra de inglés pero la universalidad del lenguaje gestual nos permite conversar de muchas cosas. Todos aceptan de buen grado cuando les digo que quiero hacer unas fotos. Me siento a gusto.

Me doy cuenta de que uno se va acostumbrando cada vez más a la diversidad, con todo lo que de positivo y de negativo ello entraña. De una parte resulta interesante, puesto que te permite ahondar y acercarte con más naturalidad a gente do otras culturas y a formas distintas de plantearse las cosas. De otra (y casi pensando exclusivamente en la fotografía), esta proximidad entraña inevitablemente familiaridad y, de alguna manera, hace que no andes con los ojos tan atentos. Sin querer, el entorno va dejando de ser algo extraño, no tuyo, te sorprende cada vez menos y, en consecuencia, te pasan más desapercibidas algunas imágenes.

Una vez dentro de la estación, un hombre maduro y con un más que aceptable acento inglés intenta convencernos de nuevo para que cambiemos los billetes. Incluso nos habla de las ventajas de hacer el trayecto en taxi si no queremos esperar. La economic class no es recomendable en ningún sentido, mucha gente, servicios en malas condiciones, robos y demasiadas paradas, son razones suficientes para no intentarlo. Cuando comprueba que no estamos por la labor, su gesto deja ver que nos abandona a nuestra  suerte. Una mujer de Yogyakarta, sentada todo el tiempo al lado de Jesús,  a la vista de lo sucedido, toma el relevo para tratar, también  inútilmente, de disuadirnos para que no hagamos locuras.


El tren es indonesio, no alemán. Sale con una hora de retraso sobre el horario previsto. Entramos en el vagón 6 y nos sentamos en los, asientos 13D y 13E (¿presagio de mala suerte?), que tenemos asignados. El tren va bastante saturado, los asientos son corridos, forrados de un plástico azul grisáceo, con lo que, por suerte,  no se evidencia en demasía la enorme cantidad de mierda que acumulan. Los cristales, muy sucios, prácticamente imposibilitan la toma de imágenes fotográficas. No hay maletas, todo se transporta en cajas de cartón o en bolsas de plástico y está todo permitido. Hay gente que lleva gallinas como equipaje de mano. Hay permisividad. Se `puede cantar, se puede comer y beber, se puede fumar. Todo, absolutamente todo menos lo que se tira directamente al suelo, va a parar a las vías, restos de comida, envoltorios de diverso material, botellas de plástico, latas de refrescos, cajas, paquetes de tabaco, periódicos.

Empieza a pasar gente ofreciéndote de todo. Es una especie de venta personal a domicilio, con test y prueba de calidad del artículo. El vendedor deja el objeto en tu regazo y se marcha. Poco después pasará a recogerlo si no te quieres quedar con él. Entre estación y estación pasa gente lisiada (ciegos que rezan o recitan, entre otros) pidiendo limosna o conjuntos musicales de chavales, con cuerda y percusión (una guitarra española y una mini batería casera hecha a base de tubos de PVC de distinto diámetro).

Es complicado por extenso hacer el inventario de artículos que se ofrecen. En alimentación, prácticamente todos: desde platos combinados envueltos en hojas de cocotero, en papel de estraza o de periódico, hasta sopas instantáneas al gusto, pasando por dulces tradicionales, pastas o raciones de fruta fresca. En bebidas el abanico se acerca al infinito a pesar de no haber en cirrculación ninguna clase de bebidas alcohólicas. Otro tipo de artículos variados objeto de merchandising que pasan ante nuestros ojos son utensilios de cocina, prendas de vestir, cortadoras de pelo, juguetes, telas, batik o pájaros. También ofrecen servicios variados in itinere, como masajes o peluquería. Una de las iniciativas emprendedores que más nos llama la atención corre a cargo d eun chaval de 12 o 13 años que, sabiendo que la porquería se va acumulando en el suelo del vagón, pasa con una escoba recogiéndola. Cuando libera tu zona de la basura, te pasa el bote para que le retribuyas el esfuerzo con una propina.

El tren economy class a Yogyakarta resulta un auténtico espectáculo, colorista, popular y entretenido, algo digno de vivirse. La gente nos atiende con amabilidad, nos invitan a compartir cosas y quieren saber qué nos interesa y en qué pueden ayudarnos. Estamos encantados de que no nos hayan convencido para cambiar los billetes. Es un viaje de los que hacen abrir los ojos. Durante el trayecto se han sentado con nosotros un estudiante adolescente, bien vestido y educado, un tío desaliñado capaz de fumarse un paquete de cigarrillos por hora, el padre de unas chicas simpatiquísimas que se partían de risa con las ocurrencias de Jesús, una chica muy gorda que portaba orgullosa una cajita de cartón con un canario, un apuesto policía joven con ganas de practicar inglés y un hombre sonriente que había trabajado seis años en Corea y que hablaba bien seis idiomas y un poquito de español. Una característica en común es que todos, en varios momentos, utilizaron el móvil para hablar, para enviar mensajes o para las dos cosas.

El tren hace muchas paradas. Al final los 300 kilómetros casi tardamos en hacerlos ocho horas. Tendríamos que haber llegado a las 15:27 pero llegamos dos horas más tarde. El policía del tren se acerca a despedirse de nosotros para comprobar que no tenemos ningún problema. Negocio con un taxista el trayecto hasta el hotel. Me pide 100.000, le ofrezco 40.000 y, al final cierro el trato por 50.000 rupias (4 euros y pico).

El hotelito (16 habitaciones) está situado en un callejón estrechito, muy cerca de la calle principal (Malioboro) que desemboca en el palacio real. Se llama 1001 Malam Hotel (Sosrowiajan Wetan GtI/57. info@1001malamhotel.com. Tel +62274515087). Frente a él hay un restaurante con una ikurriña en la fachada, que se llama Mi casa es tu casa. Presume en la carta de platos a base de serpiente pitón y de cobra. Nos encontramos con una pareja de españoles (Vanesa y Oscar). Pamplonicas y muy majos, mientras tomamos una cerveza en la terraza del hotel, nos dan toda clase de explicaciones acerca de lo que conviene ver y de aquello en lo que no debemos de perder mucho tiempo. También comentan las dificultades que han tenido y los precios que han pagado por cada cosa. Se lo agradecemos porque hace que ganemos mucho tiempo. Nos acompañan directamente a la agencia con la que han ido hoy a Borobudur (Bio Oshy. Sosrowijayan, 18 Tel. 0274-7827788 geappenk@yahoo.com). Contratamos para mañana un coche con conductor para hacer el viaje al volcán Merapi, a Prambanan, a Ratu Boco y al espectáculo del Ramayana ballet. Nos cobra 350.000 rupias, unos 30 euros. También contratamos para pasado mañana (día 16) el viaje a Dieng plateau y Borobudur. En este caso nos cobran 400.000 rupias, que vienen a ser unos 33 euros.

Después nos vamos a dar un paseo nocturno por la calle principal y nos sentamos en el suelo de un chiringuito callejero a tomar unos platos de arroz con un muslito de pollo a la brasa y un té. Nos quieren engañar con la cuenta, metiéndonos una ensalada que no hemos tomado y una bebida de más. Hacen que no nos entienden, pero le corrijo la factura y le pago exactamente lo que pone en  la carta (48.000 rupias en total frente a las 59.000 que nos querían cobrar). Es conveniente repasar siempre la cuenta y el cambio. A menudo hay fallos. Ya en cuatro ocasiones nos ha pasado que o bien estaba mal la suma, o habían incluido algo que no habíamos tomado, o en la vuelta nos daban un billete de 1.000 por uno de 10.000 rupias.

A las 12 durmiendo. Mañana nos levantamos a las 5:30 h.



Una pareja a admirar, Siem y Ratyó


Sábado 15 de octubre de 2011

Iniciamos la jornada con un paseo tempranero por la calle más céntrica de la ciudad, Malioboro. La actividad ya está desatada a esa hora. Nos paramos muchas veces a ver cosas, a preguntar y a hablar con la gente. Casi no hay europeos por la calle, lo que hace que nos perciban como ejemplares exóticos. Los niños se nos quedan mirando y algunas personas nos piden que les dejemos fotografiarse con nosotros. Invertimos una hora en hacer el kilómetro que nos separa del Palacio del Sultán. Hoy no se puede visitar porque están con los preparativos para la boda de la hija del presidente. Entramos en la oficina de correos a comprar algunas postales y sellos para amigos de Jesús que coleccionan. Son muy bonitas. Hacemos un tanto apresuradamente el camino de vuelta para llegar antes de las 11 al hotel, donde hemos quedado con el taxi. Nos paramos en la Oficina de Turismo, en la que una chica (Ena), con diligencia pasmosa y gesto tosco nos tranquiliza sobre los seísmos en Bali (no hay previstas réplicas) y nos facilita toda clase de explicaciones acerca de las oficinas de cambio, lo que cobran los taxis por ir al aeropuerto, los bailes regionales, la artesanía local, etc.

El primer sitio que vamos a visitar es el lugar donde el año pasado se produjo la erupción del volcán Merapi. El aspecto que presenta la zona en la que el río de lava arrasó todo lo que encontraba a su paso es verdaderamente dantesco. Una capa de tres metros de ceniza sepultó campos y casas a los ojos del mundo y dio al lugar un aspecto pavoroso. Da miedo pensar en ese día de noviembre de hace menos de un año. Me recuerda en algún sentido al incendio del rodenal de Cobeta, en Guadalajara, en el que estuve haciendo fotos unos días después de aquel desastre en el que murieron once personas, si bien allí dominaba el color del carbón y aquí predomina el gris ceniza En cualquier caso, agresión, dolor y muerte.


Es una ladera entera la que ha sucumbido bajo la lava y aquí nadie ha retirado los árboles que han 
. Del manto gris que lo cubre todo sobresalen los árboles que se han resistido a la avalancha, que se mantienen erguidos y pelados como agujas. En medio, todos los que han perdido, los que no han soportado el envite. Han sido arrastrados monte abajo y se han varado caprichosamente en cualquier sitio. Sus cadáveres se esparcen por la ladera de la montaña. Raíces descomunales miran al cielo descolocadas. Sorprende también la figura majestuosa del poderoso Merapi desde la distancia, emergiendo entre la niebla y también la profundidad del cañón, en el que un hilo casi insignificante de agua ha conseguido horadar una brecha inmensa en el paisaje.

Cerca del aparcamiento, me llama la atención desde la distancia una única pared que queda en pie de una casa, tapada con ceniza hasta la ventana. Decido acercarme a fotografiarla. Una mujer mayor reclama mi atención, me dice que me acerque a la choza de tablas, bambú, y palma que han construido y en la que ahora viven desde que el desastre del año pasado arrasó su casa. Dentro de la choza han metido toda la vida y se abarca con un solo vistazo: su hombre, un camastro que sirve también de asiento y de mesa, a la derecha y cerca de la puerta una cacerola en un trébede sobre el fuego de leña, cuatro útiles de labranza en la pared y una despensa formada exclusivamente por unos cuantos tubérculos colgados de una cuerda. Es precisamente lo que están cociendo en el fuego y es de imaginar que casi su alimento en exclusiva. Nos invitan a degustarlos y, por cortesía, aceptamos. Se pelan con facilidad y la sorpresa es que tienen un sabor dulce y suave. Están muy ricos. 

Ellos se presentan y nosotros también. Ella se llama Siem y él Ratyó. Nos fotografiamos con ellos, que sonríen con ganas. Está claro que no son las circunstancias las que conforman el ánimo. Esta gente no necesita móviles ni televisión, ni luz eléctrica, ni tienen agua corriente, ni lavabo, ni ducha, ni váter. Viven con lo puesto y no hace mucho, han tenido que presenciar cómo un torrente de cenizas hacía desaparecer para siempre su casa, sus enseres y sus cosechas. Y sonríen. Y sonríen de verdad porque todo les parece un regalo. Nosotros estamos agradecidos por la hospitalidad que nos muestran y por su entereza. Las 50.000 rupias que le damos al marchar (normalmente damos 2.000 ó 5.000) son recibidas con todo clase de gestos de agradecimiento. No entendemos lo que dicen pero sabemos por la celebración que hacen, que el detalle les ha sonado a  música celestial. Nos vamos encantados de haber disfrutado de la pareja.


Damos una vuelta por los alrededores viendo los estragos que ha hecho el volcán enfurecido. Se rueda un documental en la zona calcinada. Nos paramos en algunos puestos. Nos llama la atención algo que no es muy frecuente. Los vendedores nos dan todas las explicaciones necesarias sobre el producto que ofrecen, se entretienen contigo todo lo que sea preciso pero, (¡qué maravilla) no se molestan si decides no comprar, y te despiden dándote las gracias. Poco después nos paramos en un puesto callejero en el que vamos a disfrutar de una exquisita sopa de pan con verduras y de unos plátanos gigantes muy sabrosos. Nos ha gustado la simpatía de las dependientas y las robustas mesas de bambú, frente al cañón calcinado. A las tres chicas les hace mucha gracia que una pareja de europeos se haya parado en su puesto. El diálogo, sin idioma común, es fluido.

Nos sentamos y desde nuestro puesto observamos lo que a nuestros ojos (y quizás a los de cualquiera) consideraríamos una locura, un riesgo o cuando menos una imprudencia, ya que, dentro del mostrador (de bambú), sobre una pequeña plancha metálica, tienen un tronco ardiendo para calentar el agua. Cualquier descuido incendiaría el mostrador y el chiringuito. Nos hemos aficionado a las sopas. Ellos (los autóctonos) las toman a todas horas. Son estupendas, variadas, nutritivas, pueden aderezarse de muchas maneras y, además, se hacen con agua hervida, lo que supone casi siempre una garantía adicional necesaria. Las chicas reclaman en algún momento los servicios de un amigo artista, que acude en su silla de ruedas, para hacer las veces de traductor. Cuando nos levantamos con ánimo de irnos le gastamos la broma de que nos vamos a marchar sin pagar y se ríen. La comida resulta ser lujo divino a precio de ganga (12.000 rupias, 1 euro).


Nos encaminamos hacia Prambanan y el chófer nos deja como si tal cosa en un restaurante frente al templo, en el que el detalle de llevarnos a nosotros, le supone a él comer gratis. Para colmo no sale barato y, además, también se equivocan en la cuenta (¡qué raro!, nunca a favor del cliente).


El llamado templo de Prambanam es en realidad una agrupación de espectaculares templos hinduistas (240). Los tres templos mayores, alineados, están dedicados a Brahma, Shivá y Visnú. Parecen tres puntas de lanza encaradas al cielo. Frente a ellos, otros tres templos más pequeños en honor a las monturas de estos dioses, que son respectivamente, un cisne, un toro y un águila con cuerpo humano.

En el interior del templo de Visnú encontramos una gigantesca estatua de Buda sentado, lo que evidencia una reutilización del templo en una época posterior a su construcción. El templo dedicado a Shivá estaba cerrado y en el templo de Brahma hay una estatua del dios, de pié y con tres rostros, mirando simultáneamente hacia el frente y hacia ambos lados.

Los tonos grises que hoy presenta la piedra debido a la agresión descarnada de las cenizas del volcán, han eliminado todo rastro de color y hacen muy difícil imaginar cómo sería este templo hinduista, posiblemente pintado de vivos colores y con fuertes contrastes. Al parecer, aunque no la vimos, hay una inscripción de lo que pudiera ser la primera piedra, que data del año 856. El conjunto está clasificado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1991.

Nos entretenemos visitando los templos y haciendo fotos de detalles en varios de ellos para salir después, con el tiempo un poco justo a ver otro importante templo budista en los alrededores y el segundo mayor de la isla, que es el templo de Sewu. Hacemos una visita a la carrera porque nos dicen que lo cierran en 20 minutos. Suficientes para darnos cuenta de que estamos ante un templo completamente diferente al de Prambanan en su concepción arquitectónica. Aquí no encontramos diferentes templos dedicados a diferentes dioses, éste es un templo budista. Hay un gran templo central, en el que presumiblemente estaba la estatua de Buda y, en cuadrado a su alrededor, una diversidad de templos auxiliares escoltan al central. El momento, aunque corto, es maravilloso. El sol empieza a ponerse en el horizonte occidental y la figura del templo central se recorta majestuosa al contraluz cuando nos alejamos del templo por la puerta oriental.

Cuando terminamos, el chófer sale atropellado hacia Ratu Boko, donde ha quedado a esta hora con el chófer que lleva a Vanesa y Óscar, para terminar la jornada e irse ya uno de los dos a Yogya. A pesar del frenesí, cuando llegamos a Ratu Boko ya está anochecido y decidimos no entrar porque lo interesante era la puesta de sol desde el interior. Nos damos una vuelta por los alrededores con Vanesa y Óscar y vemos el complejo desde una loma próxima. Tenemos desde esa altura una buena panorámica del entorno aunque ya con poca luz. Decidimos irnos a cenar al restaurante que hay dentro del recinto de Prambanan temple, antes de que comience el Ramayana ballet, al que vamos a asistir. La cena es un bufet sabroso y variado en un marco incomparable con el templo iluminado al fondo. Los menús son a 70.000 rupias, pero al final pagamos entre todos 380.000 rupias, que vienen a ser unos 32 euros.

El Ramayana Ballet Pranbanan es un espectáculo de música y danza por el que pagamos en primera fila Vip (llaman así a la platea preferente) 250.000 rupias cada uno (21 euros). En la entrada nos hacemos unas fotos con los protagonistas y, ya en acceso al teatro nos ofrecen té y pastas y te regalan una figurita de recuerdo. El programa resulta de interés. Representa uno de los episodios del Ramayana, un relato épico, que narra cómo el rey de los demonios rapta y seduce a Sita, la mujer de Rama. Hanuman, el gran mono blanco, llega a la tierra que habitan los demonios y lucha con ellos para rescatarla. Es un espectáculo de interés histórico y bien puesto en escena aunque, a mi entender, con demasiadas concesiones a la galería. Se buscan actualizaciones facilonas haciendo incursiones musicales a través del rap, del break dance y de algún otro ritmo moderno. Y, por otra parte se pretende la complicidad arrancando la risa del público con gestos burdos, lo que desluce en alguna medida la seriedad y la validez de la representación y del espectáculo.

Al terminar volvemos con prisas al hotel. Antes de llegar nos pasamos por el super y, otra vez más, extraños lapsus contables. En principio nos quería cobrar por unos frutos secos y una botella de agua 19.000 rupias. Cuando le pedimos el ticket el precio se había comprimido hasta las 15.000. (¿Más equivocaciones?). Todos estamos cansados. Óscar y Vanesa se van mañana. Óscar se pasa por nuestra habitación con las últimas recomendaciones para cuando estemos en Bali. Se lo agradecemos y nos acostamos.

Mañana, seguro, será otro día.


Un respiro por la ciudad vieja de Yogyakarta

Lunes, 17 de octubre 2011


Desayuno en el hotel, una especie de paella con un huevo frito, zumo de naranja y té. No está mal. Pasamos por el supermercado del barrio a comprar unas mascarillas para la contaminación. El hacer donde fueres lo que vieres supone en este caso 5.000 rupias. A continuación vamos a la oficina gubernamental de turismo en la calle Malioboro, donde nos atiende nuestra ya amiga Ena con su probada eficiencia. Nos da una amplia información de los sitios para ayudarnos a planificar el día. También nos dirige a la oficnina bancaria en la que podemos cambiar con más garantías, es en Mulia, al comienzo de la calle Malioboro. Nos despedimos y nos recuerda que si necesitamos algo, ella está allí hasta las 8 de la tarde. La oficina de cambio a la que nos envía es limpia, con aire acondicionado y caramelitos para los clientes. El personal está bien organizado y, como la inmensa mayoría de los indonesios, muy amable. La Money Changer está en el número 60 de la calle Malioboro, en las instalaciones del Garuda Hotel. Nos dan 12.126 rupias por euro, que realmente está muy bien (en el aeopuerto nos habían cambiado a 11.486 rupias/euro).

Hablamos de hacer una visita a algunos puntos concretos de la ciudad, pero no vamos a ir en taxi (a pesar de que es rápido, cómodo y barato). Queremos estar más en el ajo, ir con ellos, haremos los trayectos en autobús o en becak. Solucionado el tema de la moneda, nos dirigimos a una de las curiosas paradas de autobús, que es una especie de mini-estación en altura, a la que hay que acceder por una rampa y cruzando un torno. Allí nos enteramos de que para ir a la ciudad vieja (Kota Gede), que está al sureste de la ciudad, limitando con el distrito de Bantul, tenemos que tomar el 2B. Lo hacemos. El pequeño autobús no va muy lleno a esa hora. Una vez llegamos a la zona, desde la misma parada del autobús tomamos un becak (el único que hay allí). La tracción corre a cargo de un chaval jovencito con el que negociamos un precio de 15.000 rupias. Al muchacho le cuesta desplazar el vehículo cargado con nosotros cuando hay algo de pendiente. Atravesamos varias calles y un mercado. Es una zona menos noble de la ciudad, más depauperada, pero está limpia y tiene todo el aspecto de no estar maleada. El barrio es interesante y aparece ante nuestros ojos como muy auténtico, a lo que contribuye que no haya absolutamente ningún turista por allí. Cuando llegamos al cementerio real, le decimos al chico que nos espere porque no vamos a tardar mucho.

Atravesamos un tramo de calle, en el que podemos percibir directamente el ambiente de las casas, con las puertas abiertas y, a estas horas, solamente con gente mayor y niños. Tras cruzar la puerta de acceso al recinto sagrado, aparece ante nuestros ojos una plaza pequeña y una gran mezquita (la Gran Mezquita de Kotagede), que está siendo visitada por unos escolares. Se sorprenden al vernos, se acercan a nosotros, nos preguntan de dónde somos y nos piden que posemos con ellos para tener un recuerdo. Le hago una foto a un hombre con un traje regional que me llama la atención y le pregunto si el sitio en el que se encuentra es un lugar para el descanso. No habla nada más que indonesio y nos dirige con el gesto y la mirada hacia otro chico para resolver nuestras dudas. Jesús se dirige a él y, con la pregunta, va a dar un giro la tarde y nuestros planteamientos (¡cuántas veces una pregunta cambia una vida!). Resulta que el joven es un médico musulmán que reside en una localidad cercana y que, una vez hechas las presentaciones y roto el hielo, se presta, cuando concluya sus oraciones en la mezquita, a hacernos de cicerone y acompañarnos para realizar una visita al cementerio real (entre otras alberga la tumba de Pamembaham Senopati, fundador de Mataram). Dicho y hecho. Nos entretenemos observando cómo lleva a cabo las abluciones previas, para purificarse antes de entrar en la mezquita a rezar. Cuando termina los rezos nos dice que le acompañemos.


Como corderitos nos dejamos llevar entre aquel laberinto de costumbres totalmente ajenas para nosotros. Al llegar a la entrada del cementerio el asunto se pone serio porque vemos que la gente se mete en una estancia y se va quitando la ropa que lleva, para enfundarse una camisa, una especie de falda (sarong) y un gorrito (blankong). Van saliendo de la recepción todos iguales, casi no distingues quién es quién. En principio, lo de la uniformidad pensamos que no está mal, es una forma de dejar claro que en ese lugar y en esas circunstancias las diferencias (por lo menos las aparentes) se dejan en la puerta.  Es uno de los inconvenientes que vemos, pero el realmente grave para mí es que no se pueden hacer fotografías. Y yo es precisamente a lo que vengo, no a rezar. Un “responsable” nos da la ropa de rigor y nos enseña y nos ayuda a ponérnosla. Un sarong en tonos ocres hasta los tobillos, un cinturón ritual, una camisola azul descolorido y un blankong para cubrirnos el pelo Yo me resisto a lo de las fotos y entro a por la cámara. Aunque no pueda fotografiar tumbas, no me quiero perder todo lo que pueda deparar el preámbulo, lo que pueda dar de sí el ambiente previo a la entrada. Vuelvo a la habitación-vestidor y salgo con la cámara. Nadie me dice nada y hago unas tomas de los que estamos esperando para entrar. Algo es algo. 

Antes de cruzar la puerta nos descalzamos y guardo de manera evidente la cámara en la funda para que quede constancia de que no está en mi ánimo molestar a nadie. Pasamos a través de un cementerio musulmán con lápidas en las que se pueden apreciar inscripciones con caracteres latinos, pero también otras en antiguo indonesio. Después entramos en el pabellón cubierto y oscuro, todo lleno de tumbas, en el que se encuentra el rey y toda una serie de personajes de alto rango. Avanzamos sorteando las tumbas hasta llegar a la principal, donde la comitiva se detiene. Vemos que se van sentando en el suelo y hacemos lo mismo. Hay que señalar que en la comitiva solamente hay una mujer, ataviada con un traje blanco, muy ceremonioso, de andar sigiloso y pausado, que evoluciona en un segundo plano por la estancia. A continuación comienzan los rezos.  de los que dirigen, con una estola blanca alrededor del cuello, pronuncia una frase rirual y los demás le contestan. Tiene un gran parecido aparente con el rezo colectivo del rosario cristiano, pero no es tan repetitivo. El acto en el que estamos inmersos no es demasiado solemne, no hay mucha parafernalia ni un gran ceremonial, pero lo percibimos como algo serio. Ni gente distraída o apática, ni bostezos de aburrimiento, como muchas veces se perciben entre los jóvenes en una misa o en un funeral católico. Jesús y yo nos miramos interrogándonos. Aguantamos un poco más para ver cómo trancurre, pero no nos parece que debamos quedarnos demasiado tiempo. Dejamos pasar un rato prudencial de cortesía y de forma muy discreta nos levantamos y abandonamos el recinto. Una experiencia interesante, un momento solemne. Realmente, las manifestaciones religiosas tienen muchos aspectos coincidentes, al margen de los credos en cuestión y del lugar geográfico en el que se practiquen. A la salida nos cobran 100.000 rupias (8 euros) por el alquiler de la indumentaria. Iniciamos el camino de retorno contentos con la experiencia vivida, que nos ha permitido conocer de cerca un poquito más de esta cultura.

Volvemos y nos encontramos, esperándonos pacientemente, a nuestro conductor del becak, al que habíamos abandonado hace un par de horas y del que casi nos habíamos olvidado. Pedimos disculpas, pero parece no preocuparle el asunto en absoluto. Pedalea de nuevo hacia la parada del autobús, en la que nos deja. Los sudores del chaval y la espera inesperada bien merecen que le demos el doble de lo pactado inicialmente. (30.000 rupias). Preguntamos cuál es la línea que tenemos que coger para acercarnos al palacio del sultán y nos dicen que tenemos que acercarnos a otra parada. En el camino nos paramos en un “restaurante” a tomar algo. El restaurante consiste en un carrito callejero, al mando del cual está la señora cocinera, al que hay que añadir una habitacioncita de 2x3 metros, con tableros pegados a tres de las cuatro paredes. A estos sitios les llaman warung. Nos toca comer castigados mirando a la pared pero, por suerte, la nuestra tiene una serie de barrotes, a través de los culaes se puede ver el exterior. Otros dos hombres (1+1) nos acompañan en la estancia.
El plato de fideos con arroz está exquito. Lleva unas bolas de carne con un sabor parecido a la salchicha y verduras. La acompañamos de unas flores hechas de pan de arroz que se cogen directamente de un recipiente de hojalata y la rematamos con un té muy caliente, buenísimo. Nos cobra 10.000 rupias a cada uno (85 céntimos de euro). Sabrosa, auténtica y barata la comida. 


Saliendo del restaurante, cruzamos por delante de un edificio que a Jesús le llama la atención: Balai Arkeologi Yogyakarta pone el cartel. Entramos a husmear. Preguntamos al portero y no sabe qué hacer con nosotros ni qué contestar. Nos lleva al interior del edificio y llama a una chica para quitarse el muerto de encima. Esta nos deja en el hall y escapa a buscar a otro que le resuelva la papeleta que, a su vez, nos deja en una salita de espera. Al cabo de un rato aparece el director del centro. Jesús se presenta a su vez. Una asistente nos trae un refresco de té. El director recurre a otra chica porque su inglés no da para mucho más que para presentarse. La nueva adquisición se llama Agni (que es el nombre del dios del fuego). 


Jesús comienza relatando sus experiencias arqueológicas en Egipto y yo le digo que es profesor de Economía en la Autónoma de Madrid y que ha venido a presentar una ponencia en la International Conference on Mathematics and Sciences, en Surabaya. La chica se queda pensativa y repite pausadamente lo que le hemos dicho para que lo ratifiquemos, porque presupone que lo ha entendido mal: arqueólogo activo en Egipto, que da clases de economía en la universidad de Madrid y presenta una ponencia de matemáticas en Indonesia. Confirmado. A partir de ahí muda la expresión, no hace más que dejarle hablar mientras le observa atónita. Parece no creerse lo que tiene delante y busca con el ceño fruncido y miradas contínuas de arriba abajo, alguna clave que no conoce. Nos pasa después a una pequeña sala de exposiciones, se disculpa y se deshace encantada en explicaciones minuciosas cada vez que Jesús abre la boca. La curiosa reunión termina con unas fotografías colectivas y un intercambio de correos electrónicos. (El Balai Arkeologi Yogyakarta está en Jl. Gedongkuning, 174, el teléfono es 0274-377913 y el correo admin@arkeologijawa.com).
  
Retomamos el camino hacia la parada del autobús. Cuando llegamos nos damos cuenta de que estamos al lado del zoo y decidimos entrar a hacer una visita rápida (12.000 rupias = 1 €). Es un recinto pequeño. Fundamentalmente lo que buscamos es verle la cara de cerca a un dragón de Komodo. Las instalaciones son precarias y dedicadas, prácticamente en exclusiva, a animales regionales. La persecución del dragón nos permite ver una amplia representación de reptiles y algunas especies propias, como los tapires o los orangutanes.

Tomamos nuevamente el autobús que nos lleva al palacio del sultán. El importe del billete es de 3.000 rupias cada uno (25 céntimos de euro). Va lleno de estudiantes que regresan del colegio y trabajadoras somnolientas que vuelven a sus casas después de la jornada. Cuando llegamos a la gran explanada del palacio del sultán ya se está poniendo el sol y la plaza se va llenando de gente, pero no se puede entrar porque están con los preparativos de la boda. Volvemos en becak por 15.000  rupias al hotel (1,2 euros).

La cena, en el mismo sitio que ayer, el Yogya Kopitiam, cerca de donde vivimos. Como no puede ser de otra manera, procuramos tomar comida de aquí. En primer lugar por conocerla, por disfrutar de otras especialidades, de otras gastronomías. No tiene mucho sentido ir a los sitios a continuar haciendo las mismas prácticas que haces en tu lugar de residencia. En segundo lugar porque, además, nos gusta. Es una comida con sabores muy específicos, normalmente especiada, pero la misma concepción de los platos es diferente. Nunca tomas un pescado entero o una pieza de carne. Otra de las características es que no hay una hora muy definida para comer, por lo que se elaboran ingredientes variados de manera independiente y que conserven bien sus características con el paso de las horas. Llegado el momento, hacen combinaciones de varios (noodles, arroz, diferentes verduras, carne en pequeñas dosis, etc.), mezcladas en un solo plato, que puede terminar siendo seco o caldoso. En este caso yo tomo un traditional Java noodle (muy bueno) y Jesús un Tom yum seafood, (se queja de que está demasiado fuerte). Esto, con 3 cervezas y una coca cola, pone las dos cenas en 90.000 rupias (7,5 euros, más o menos). 


Después nos vamos al hotel (entramos en el súper a comprar una botella de litro de zumo de mango, 17.000 rupias = 1,5 euros). Mientras yo ordeno un poco las fotos y el resumen del día, Jesús va a contratar un taxi que nos lleve mañana al aeropuerto. Nos lo ofrecían en el hotel por 70.000 rupias pero cuando vuelve me dice que lo ha conseguido por 40.000 (3,25 €). Setia Kawan. Tel. 412000.

Decimos que nos despierten a las 5:45. A la cama.





De Java a Bali


Martes 18 de octubre de 2011

El chaval del hotel no nos despierta a las 4:45, como habíamos acordado. Lo hace a las 5 y media, cuando ya el taxi está en la puerta. A una velocidad insana terminamos de preparar los bártulos, desayunamos y nos lanzamos a la calle camino del aeropuerto. A esa hora ya hay mucha actividad tempranera en la calle, pero se circula con rapidez. El hotel 1001 Malam ha respondido a las expectativas que nos habíamos hecho. Está en una discreta segunda línea, no en pleno mogollón pero sí rozándolo. Es un hotel sin grandes pretensiones, decorado con acierto y con bastante gusto. Por otra parte, está muy bien de precio. Las cuatro noches nos cuestan a los dos 1.530.000 rupias, que suponen unos 125 euros. Hay que señalar que es más caro el fin de semana (405.000 rupias frente a 360.000 los otros días). Por cuatro cervezas a mayores, que tomamos el día que vinieron Vanesa y Oscar, nos cobran otros 80.000, es decir, 7 euros). No hay nada especialmente reseñable que lo haga sobresaliente. A destacar, el patio, pequeño pero con una vegetación frondosa y llamativa, la mesa y las dos sillas que hay frente a la puerta de cada habitación dando al patio, las maderas tropicales del mobiliario, el armario de bambú y las pinturas de salamandras gigantescas que adornan las habitaciones y una vespa amarilla en el hall de entrada. El personal es atento sin más.

Nos vamos. Abandonamos Java para irnos a Bali. Las inevitables previsiones que hay que tomar en estos casos hacen que lleguemos muy sobrados de tiempo al aeropuerto de Adisutjipto. Cuando terminamos de facturar son las 6:10 y hasta las 8:00 no sale el vuelo GA250 que nos llevará a Bali. Tenemos que pagar unas tasas para vuelos internos (35.000 rupias = 3 euros), lo que nos da permiso para acceder a otra sala, que ya no está tan masificada, aunque sí llena. Aprovechamos el margen que nos permite la espera para hacer balance de Yogyacarta, escribir un poco y hacer unas fotos de ambiente. Al final y con unos minutos de retraso sobre la hora prevista sale el vuelo. Durante el trayecto, Jesús habla largo y tendido con un chaval joven que va a su lado y que resulta ser un jesuita católico (hay un 5% de católicos en Indonesia). El vuelo es corto, el menú escaso, las azafatas secas.

Al llegar al aeropuerto de Ngurah Rai, en Denpasar, son las 10:20 tras adelantar una hora el reloj. Denpasar es la capital de Bali y tiene alrededor de medio millón de habitantes frente a algo más de 3,5 millones que tiene la isla. Tanteamos un par de taxis y aceptamos como último precio y sin regatear demasiado 110.000 rupias (cerca de 10 euros) por llevarnos al hotel, a unos 17 kilómetros. Durante el recorrido tenemos un primer contacto con Bali, con su arquitectura, con su geografía y con su ambiente. Es muy distinto a Java. Nos llama mucho la atención esa especie de puerta partida en dos que hay, a modo de acceso, en muchos edificios. También el que no se vean mezquitas por ningún lado, porque en Java había por todas partes. Vemos templos. Templos y templos. Es verdad que a Bali se le conoce como la isla de los mil templos, pero si siguen apareciendo a estas velocidades es fácil que tengamos que modificar la denominación para llamarle la isla de los cien mil templos. Se nota muy diferente a lo que hemos visto, incluso la gente es distinta, la raza es otra. También da la sensación de que es mucho más turístico. En el aeropuerto se apreciaba una cantidad importante de gente blanca. Tiene un aspecto más vacacional, más de disfrute. Playita, música y cerveza. Muchos australianos y norteamericanos.

El hotel responde perfectamente a esos parámetros de relax vacacional (Es el Bumi Ayu Bungalows, en Jalan Bumi Ayu, Sanur. www.bumiayuhotel.com). Los bungalows están emplazados en medio de un auténtico vergel. También disponen de un porche frente a la entrada (con una mesa y dos sillas) y mosquiteras en las camas. De entrada, una vez aposentados, decidimos refrescarnos pegándonos un baño en la piscina. Todo muy sugestivo, el ambiente, la calma, el enclave, la vegetación, pero falla algo importante: no resulta nada refrescante. Le propongo a Jesús irnos a bañar al mar, conocer las playa. Estamos a un paso, cinco minutos andando. La palabra que nos viene a la cabeza al observar el panorama que se nos presenta ante los ojos es: paradisíaco. Una playa extensa, una cantidad precisa de gente, sin agobios, barcas con colores vivos, palmeras, vegetación tropical, azul marino y azul cielo fundiéndose armoniosamente en el horizonte, cometas, hamacas y zumos. Completan el panorama una especie de palafitos, diseñados para complementar el disfrute del mar, auténtico protagonista en esta zona (no hay que olvidar que aquí el descanso final para las cenizas de los difuntos es el mar). Un auténtico lujo visual.



Caminamos un poco para terminar de absorber las nuevas sensaciones y después nos lanzamos a probar el sabor de las aguas del océano Índico. Mi primera “decepción” (si se le puede llamar así) viene a través de la temperatura, el agua está caldosa, no resulta refrescante. Prefiero “chocar” con el agua, que el contacto suponga una reacción, un revulsivo, que térmicamente no resulte indiferente estar o no dentro. Claramente me resulta más placentera y más emocionante la sensación que experimento al bañarme en Galicia.

A partir de ahí, de manera casi automática, la imagen bucólica de la foto balinesa empieza a perder fuerza, la acuarela empieza a aguarse. Hay que alejarse mucho para poder nadar, es demasiado trecho el que caminar pisando un fondo incómodo, con altibajos y mezcla de arena y roca. Puede ser el lugar ideal para un kitesurfista o para quien venga a tomarse una cerveza en una tumbona, pero no para el que busca disfrutar del agua dándose un baño. Al salir comprobamos preocupados que los hoteles han invadido casi toda la primera línea de playa, con lo que los accesos a la misma son escasos y complicados. Muchas veces no hay más remedio que cruzar a través de las instalaciones de los hoteles para llegar. El encanto empieza a parecernos más aparente que real, se desdibuja cuando pretendes palparlo de cerca y tocarlo. De la imagen paradisíaca pesa en este caso más la imagen que el paraíso. Ciertamente estamos en Sanur, al este de Denpasar, que es la primera zona que se ha comercializado en Bali para el turismo. Las playas del oeste (Kuta, Jimbaran, Legian) tienen mucho más atractivo.



Regresamos, nos acicalamos y salimos a cenar. Por la calle te asedian los nativos ofreciéndote de todo, fundamentalmente transporte para visitar la isla. Uno de ellos nos ofrece chicas. Nos hace gracia el depurado marketing que utiliza para vender. Dice despacio la palabra Coca-cola mientras pone morritos, entorna los ojos y con las dos manos hace que perfila el cuerpo de una mujer (o el envase de una Coca cola). Después de un pequeño tanteo en busca de una cena apetecible por la calle principal, decidimos entrar en el Rasa Senang, un restaurante de cocina indonesia en la calle Ngurah Rai. Jesús pide un Sate Campur (que al parecer tomaba cuando sus hijas eran pequeñas en un indonesio en Madrid), y yo un Ayam Panggang Kecap. Con otro Nasiputih (plato de arroz), una cerveza, una coca cola y un 10% de tasas, la cuenta asciende a 184.300 rupias (15 euros). Al terminar nos vamos paseando hasta un centro comercial que hay cerca (Hardy´s). Ojeamos los precios de diferentes artículos para tener una referencia y compramos 3 botellas grandes de agua a 17.820 (1,5 €) cada una y un racimo de plátanos pequeños, que cuestan 9.348 rupias (80 céntimos).

Una de las cosas llamativas de Bali son los árboles de flores. Nosotros no estamos acostumbrados a ver grandes árboles con vistosas flores de colores, no es frecuente. En Bali, sí. Los balineses utilizan para muchas cosas las abundantes flores de las que disponen. Las vemos en las ofrendas que realizan diariamente a los dioses, en la decoración de las mesas y de las instalaciones de las casas y de los hoteles, en los templos, en los altares. Es muy habitual encontrar en la recepción de un hotel o en la entrada a una casa un gran recipiente con agua en cuya superficie flotan flores. También suelen verse adornando el peinado de las mujeres y embelleciendo las orejas tanto de las hembras como de los hombres.

Nos vamos a descansar. En el trayecto charlamos sobre las grandes diferencias que se perciben entre las dos islas, diferencias culturales, religiosas, étnicas, de hábitos, de vestimentas. Como en Java, la gente aquí también es atenta, amigable y se percibe un clima de seguridad, un ambiente tranquilo. Huele a flores, a naturaleza, a exuberancia y se respira algo parecido a espiritualidad en el ambiente, aunque no es fácil de concretar y menos de explicar. Hay muchos más extranjeros que en Java, fundamentalmente australianos y norteamericanos, aunque también europeos (alemanes e ingleses, algún francés, casi ningún español).

Por la noche, mientras yo trato de conectarme a internet, Jesús planifica las visitas para los días que nos quedan: la isla es famosa por sus templos, por sus paisajes y por sus volcanes. Hay que verlo. El norte es montañoso y es a dónde hay que dirigirse para ver los lagos de origen volcánico, las terrazas con los cultivos de arroz o los impresionantes templos. La ventaja es que, aunque estamos en el sur, la isla de sur a norte mide 90 kilómetros, lo que nos va a permitir desplazarnos hacia los sitios de interés y regresar sin problemas a dormir al hotel.